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La delgada línea roja entre la exactitud y la gratuidad en la corrección

  • conqdequevedo
  • 11 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 12 dic 2025


¡Quieto «parao»!
¡Quieto «parao»!

Hace poco me topé en LinkedIn con un estado en el que se tachaba como absolutamente incorrecto un uso gramatical que yo siempre había dado por bueno. Prefiero reservarme qué uso específico era, pues LinkedIn tiene las patas muy largas, al final en el sector nos conocemos quizá no todo el mundo, pero sí muchos, y está feo señalar a colegas. Además, quien había firmado aquellas palabras tenía una voluntad bienintencionada, incluso didáctica.


En fin, el caso es que aquello hizo sonar una alarma en mi interior. Siempre he dicho que quienes nos dedicamos a la corrección solemos dudar de muchas cosas, pero sobre todo de nosotros mismos. Así que me lancé a buscar fundamentos teóricos que justificasen aquello que se tachaba como incorrecto. Al verme incapaz de encontrar nada, pregunté en UniCo, la Unión de Correctores. No me sacaron de dudas por completo, pero sí me dieron un par de términos lingüísticos de cuyo hilo logré tirar (a menudo, corregir implica tirar de bastantes hilos) hasta que logré dar con la verdad: lo que aquella persona tachaba sin medias tintas como incorrecto… sí era correcto en determinados casos, mientras que en otros se consideraba menos preferible. Que no incorrecto, ojo. ¡Misterio resuelto!


Nunca le dije a aquel contacto de LinkedIn que estaba en un error al considerar reprochable un uso que no lo era, pues tampoco tenemos tanta relación y considero de mal gusto decirle a alguien cómo debe hacer su trabajo, a no ser que te paguen por ello o de verdad seáis muy cercanos. ¿Debería habérselo comentado? Quizá. Pero procuro no ser ese tipo de persona que busca conflicto en redes. Y no pequemos de ingenuidad: a menudo, señalarle este tipo de detalles a alguien se salda con un poquito de camorra o, en el mejor de los casos, de animadversión. Da igual que lo hagas en público que en privado.


El hecho es que esta anécdota me hizo recordar un tema que siempre está sobrevolando mi trabajo, pero que no siempre tuve tan claro: la delgada línea que separa lo incorrecto, lo preferible y lo infrecuente. Porque lo infrecuente no necesariamente es menos preferible y lo menos preferible no necesariamente es incorrecto. Y eso los correctores, quizá a veces con el gatillo más flojo de la cuenta, quizá en ocasiones demasiado dados a zanjar y mostrarnos tajantes, a decir «esto sí» y «esto no», quizá, insisto, los correctores no siempre tengamos tan presente como deberíamos. Pero deberíamos, y mucho. Porque habrá autores y autoras que, por mero desconocimiento, crean ciegamente en todos y cada uno de nuestros tachones; pero tal vez haya quienes escogen de forma muy consciente un uso menos recomendable, aun sabiendo que lo es, y a ver con qué cara les decimos que «es incorrecto».


Mi forma de proceder en estos casos es muy clara. En un primer nivel, me fijo muy bien en lo que de verdad censura la RAE, es decir, en lo que sí tacha sin medias tintas de incorrecto; y, en tales casos, lo corrijo. En un segundo nivel, discrimino entre los usos recomendables y los que no lo son, y a partir de ahí antepongo los primeros a los segundos (pues, si se recomiendan, por algo es). ¿Aconsejo, pues, tratar un uso menos recomendable como si fuera incorrecto? Dependerá bastante de la rapidez con que te exijan llevar a cabo el trabajo y de la exigencia de quien te lo haya encargado. Lo suyo sería no corregir directamente ese uso poco recomendado, sino más bien indicar que lo es y proponer la alternativa preferida. Pero, naturalmente, eso se vuelve casi inviable si disponemos del tiempo que disponemos y ese uso se repite mucho a lo largo del texto. Tal vez, para no pillarnos mucho los dedos, habría que dejarle claro de antemano a la persona contratante nuestra metodología en cuanto a ese aspecto.


Respecto al tercer nivel, por supuesto que jamás deberíamos proceder con un uso infrecuente como si de un error se tratara. No hay excusa…, a no ser, claro, que rompa con el registro del texto, como en el caso de un personaje analfabeto actual que dice la interjección «albricias», de uso infrecuente pero correcto y, en este caso, bastante improbable. Aun así, incluso en dicho ejemplo sigue sin ser un error gramatical, sino más bien de estilo, como mucho.


¿Qué conclusión podemos extraer de todo esto? Pues la inevitable: que, aunque los correctores nos consideremos guardianes de la norma (y aunque, en cierto modo, lo seamos), debemos conocerla muy bien. Y eso implica que sepamos distinguir entre lo que no puede ser, lo que no convendría que fuese y lo que no suele ser. En mi opinión, es el único modo de hacer un trabajo excelente.


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