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El combustible de la creación literaria

  • conqdequevedo
  • 13 feb
  • 3 Min. de lectura
Dame más ga-so-li-na...
Dame más ga-so-li-na...

Cualquiera que haya dedicado tiempo a esto de la escritura ha oído a alguien decirle alguna vez eso de «uy, con mi vida tendrías material para una novela…». Lo que mucha gente desconoce es que no todo es siempre buen material para una novela, por muy interesante que les parezca a ellos a priori. O, dicho de otro modo y quizá con más sequedad, la inspiración no funciona así.


Entonces, ¿cómo funciona la inspiración? Hay escritores que ni siquiera sabrían decirte cuál es su impulso creativo porque, sencillamente, ni siquiera se lo han planteado nunca. En otros casos (como el mío, sin ir más lejos), ese impulso va cambiando de una obra a otra.


Por ejemplo, en mi ópera prima, El tercer deseo, lo que me llevó a escribirla fueron las ganas de volcarme como jamás lo había hecho, de mostrarme al mundo con el menor pudor posible a través de lo que en aquel momento yo no sabía que se acercaba en bastantes puntos a la autoficción. Como impulso inicial, desde luego es el más clásico: hablar de uno mismo, abrirse en canal, desnudarse entero. No estaba inventando el agua tibia, lo sé. Sin embargo, es uno de los que mejor funcionan, porque las palabras van saliendo casi sin que te percates.


Naturalmente, eso no significa que lo que vaya a surgir de ahí sea un texto espléndido que merezca la pena ser leído, pues al impulso hay que saber darle forma luego. Pero aquí no estamos hablando de calidad literaria, sino del combustible de la creación literaria. Dicho lo cual, ¿son todos los combustibles igual de válidos? Me decanto por un sí rotundo: mientras prendan la mecha, todos valen. Ahora bien, ¿son todos igual de potentes? Eso ya es otra cosa…


Bajo mi punto de vista, uno de los que peor funcionan es la fascinación, sobre todo hacia una obra literaria ajena. Básicamente, porque se corre el riesgo de caer en el mimetismo y, casi sin darse cuenta, en la copia barata. Está muy bien que te haya flipado El señor de los anillos, pero pensar «voy a ponerme a escribir mi propia El señor de los anillos» quizá no sea el impulso creativo más poderoso, y mucho menos cuando eres muy consciente de cuál es el material de partida. Porque la sombra del material de partida siempre va a estar ahí y, desde luego, El señor de los anillos hay uno solo (aunque esté dividido en tres partes).


Otro combustible que considero de fuerza incluso más débil, y bastante vinculado con el anterior, es la fascinación «impulsiva», sobre todo hacia obras del medio audiovisual. Y lo considero así por un par de motivos. El principal es el dudoso trasvase entre medios. Por mucho que te haya encantado la serie Stranger Things, no deja de ser una serie televisiva que se construye con los mimbres que se construye, con los tropos que se construye y en el medio que se construye. Intentar hacer «tu propia Stranger Things» en papel, ya te lo digo yo, no va a ser lo mismo. Ni de lejos.


Pero hay un segundo motivo más relacionado con la potencia propiamente dicha: vale, has alucinado con Stranger Things y estás con tal subidón que necesitas ponerte a escribir de inmediato «tu versión», pero… ¿cuánto puede durar ese impulso? Sí, una temporada de la serie te la puedes ver en una maratón durante un fin de semana, pero la escritura de una novela no puede hacerse en plan maratón rápida, pues requiere cierto proceso. ¿Lograrás mantener el ímpetu tanto tiempo o se evaporará la cosa a las dos semanas?


Ojo, que no se me malinterprete: no veo mal que te inspires en obras ajenas que admiras, pues, de hecho, creo que puede resultar muy productivo y yo mismo lo he hecho. Pero una cosa es inspirarte en ellas; y la otra, tomarlas como combustible principal y objetivo fundamental para sentarte a escribir.


Entonces, ¿cuáles son los impulsos creativos más poderosos? Yo te diría que cualquier sentimiento más impetuoso y profundo que la mera fascinación (que me parece un sentimiento un tanto más superficial y efímero, si te soy sincero). Escribir desde la rabia, desde la tristeza, desde la melancolía, desde la ironía, desde la alegría, desde el miedo o incluso desde el hartazgo. Y quizá alguien diga aquí: «Sí, muy bien, pero ¿acaso no es efímero cualquier sentimiento?». En efecto, es posible que ninguno sea eterno, pero nadie dudará que los hay mucho más efímeros que otros. Del mismo modo que también los hay mucho más superficiales que otros. Y te aseguro que, cuando le echas al tanque el combustible adecuado para poner en marcha el vehículo, la diferencia se nota. Mucho.


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